Alquitrán

Recuerdo estar cubierta de alquitrán, sin poderme mover ni abrir la boca.

A veces, levantaba la mano y tú la sostenías entre las tuyas, como diciéndome que todo iría bien. Me acariciabas la palma de la mano con adoración.

A veces, sacabas un mechero y lo lanzabas al aire o fingías que se te resbalaba de las manos.

A veces, todavía me brota un poco de alquitrán de la piel, como si siguiera escondido en mis venas, y su olor me arde en la nariz. Brota pegajoso y fresco.

Se me encharcan los pulmones de miedo y el aire no consigue entrar.

Oigo tu risa mientras juegas con el mechero delante de mis ojos.

Me imagino el olor de mi piel quemándose muy lentamente.

Por cada vez que mi mente me juega una mala pasada tengo que recordarme a mí misma tres veces que estás tan lejos que ni me acuerdo de tu cara ni de tu voz.

Tantos años intentando sacarme luz, luchando por borrar las manchas.

No quiero volver a estar en las manos de nadie.

Mi mayor miedo es darme cuenta de que toda mi felicidad ha sido un sueño;

todos los kilómetros y los inviernos en el extranjero, este amor que no amenaza con incendios.

Creo que eso es lo que más me aterra cada vez que te paseas por mis pesadillas como si yo nunca me hubiera marchado, como si toda mi vida después de ti se hubiera borrado de repente y siguiera atrapada en aquellos años asfixiantes y demoledores, sin voz para gritar que sigo aquí.

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Zahara – SANSA

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