Sumisa

En otra vida fui una perra.

Una perra desagradecida, una perra que mordió la mano del amo, la que me daba de comer, la que me acariciaba la piel suave, las heridas abiertas, la curva del cuello, el núcleo caliente.

Una perra asquerosa. Sucia por sentir, por querer, por gemir en sueños, soñando que mordía otras bocas, por querer escapar, por acabar volviendo siempre, con el rabo entre las piernas y el miedo en la espalda.

Una perra esclava, una perra con el bozal invisible clavado en la carne, con la mirada muerta clavada en el suelo. Una fiera anulada, un nudo de culpa palpitante, unas garras pintadas de rojo.

En otra vida fui una perra mala, una perra que llevaba el pecado original en los pezones, encerrada en una jaula para pájaros, ladrando a la luna. En las noches más oscuras me lanzaba contras los barrotes para saborear un dolor que no estuviera manchado con el placer del amo, que fuera solo mío.

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No recuerdo cómo caí, pero ahí estaba yo, de rodillas, suplicante. Tú te elevabas a mi lado, altísimo, gigantesco, monstruoso.

El látigo de tu voz me hacía daño, tus gritos resonaban en el bosque y en la playa. Yo me balanceaba, con la toalla metida en la boca, como si quisiera tragármela. Quería vomitar, quería vomitarlo todo y quedarme vacía.

Yo me protegía de tus insultos con las manos, negando una y otra vez, haciéndome ovillo.

Empecé a hundirme en la arena. Me hundí y bajé y bajé hasta llegar hasta el mismísimo infierno. Me quería morir. Me quería morir porque, de repente, tú no me habías traicionado a mí, sino al contrario; yo no era libre, como soñaba, yo era tuya. Aunque tú me hubieras engañado con otra, tu versión sigue siendo que la que te engañó fui yo.

Cuando volví a la superficie, había silencio. Tú seguías mirándome desde las alturas, las brasas de tus ojos ya no eran más que cenizas.

Acabada la confesión, era la hora de la misericordia, un perdón que solo duraría en presencia de mi obediencia absoluta.

Cuando me puse en pie y caminé contigo de vuelta al campin, donde nos esperaban nuestros amigos, sentí que algo tiraba de mí hacia atrás. Alrededor de mi cuello volvía a haber una correa invisible. Quizá nunca había desaparecido.

Me daba pánico pensar qué pasaría a continuación. Al vernos regresar, todos se quedaron en silencio. Cerré los ojos, esperando el desastre, pero no pasó nada. Nada. Ni un solo grito, ni una mirada amenazadora hacia nuestro amigo. Nada.

Tardé años en entender que a él no necesitabas castigarlo. Te bastaba con castigarme a mí.

Licencia de Creative Commons

Canción recomendada: What kind of man – Florence + The Machine

#25N #WhyIStayed #25Nlibresdeviolencias

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