Bruja

Tenía los ojos muy grandes y muy abiertos.

Me recuerdo con la cicatriz en la frente, con el pelo recogido hacia atrás con una diadema de tela, siempre a juego con mi ropa.

Entrecerraba los ojos con frecuencia y fruncía el ceño casi siempre, algo que sigo haciendo y que ya me ha creado un par de arrugas entre las cejas.

Lo que más me gustaba era sentarme al lado del abuelo y que me contara un cuento, que mi padre me secara el pelo y darle de comer a Calcetines, porque cuando era pequeña apreciaba mucho más lo poco que hacían los hombres que lo mucho que hacían las mujeres.

Me gustaba mirar a los ojos a los chicos y sentir vértigo cuando me devolvían la mirada. Una de las mejores sensaciones de las fiestas eran las batallas de miradas con la música de pachangueo de fondo. Creo que era lo más parecido a la magia. Lo sigo creyendo. El problema es que llega un momento en el que aprendes a mirar al suelo para evitar problemas.

Me gustaba cuando éramos muchos en la mesa de la cocina, aunque a mí me tocara sentarme en el taburete y la pared estuviera fría.

También me gustaba correr muy muy rápido y columpiarme muy alto. Creía que nadie podría ganarme a ninguna de esas dos cosas.

Cuando era pequeña, las chicas podían ser dos cosas: amigas o enemigas. Ninguna me era indiferente.

Odiaba que me dieran besos pegajosos en las mejillas, que alguien bebiera de mi vaso o que mi madre me recogiera la comida que me caía por la barbilla con la cuchara.

Mis regalos favoritos eran los libros de fantasía y soñaba con vivir aventuras, con que llegara un día en el que mi vida dejara de ser normal.

Me subía encima de la escoba que mi madre me compró para el disfraz de Carnaval (y que repetí durante años, hasta que ya no me cabía) y daba una patada al suelo, porque Doña Raquel nos dijo que así era como volaban las brujas, pero a mí nunca me funcionó. También recorté una caja y la pinté de negro para hacer mi propio libro de hechizos y lo puse todo perdido.

Conforme fui creciendo, el mundo se fue volviendo terriblemente ordinario y yo empecé a adoptar poses más serias, ponía las manos detrás de la espalda y todos me decían que era una niña muy buena; menos mi hermana, porque ella sabía que yo estaba esperando un momento de distracción para hacer alguna travesura.

Hoy siento la necesidad de buscar a esa niña y de mirarla a los ojos. Quiero decirle que la quiero como es, que todos tenemos un lado oscuro y que el suyo no es, ni mucho menos, más oscuro que el de los demás. Que ella no es mejor que nadie, pero siempre será especial. Que la rabia se pudre rápido y te pudre por dentro. Que saque las garras cuando tenga que sacarlas, porque esconderlas solo servirá para clavárselas a sí misma y se convertirá en una bomba de relojería que solo explota por dentro. Que se apunte a teatro y juegue a ser otras personas en el escenario, pero que se deje allí las máscaras. Que sus emociones son válidas, todas ellas. Que no tendrá miles de amigos, pero los que tenga, serán buenos. Que deje de compararse con los demás. Que todo saldrá bien.

Licencia de Creative Commons

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s