Norte y sur

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Cuando se conocieron, mi madre tenía toda la piel tatuada por el sol y el pelo de fuego. Mi padre era alto y ancho como un roble y sus ojos verdes eran de helecho y musgo.

De aquella extraña unión nací yo, siempre indecisa, una contradicción en mí misma.

Era una mezcla de arena ardiendo, piedra milenaria y corteza de tejo, de río helado y galán de noche, de madera y esparto, de zumo de limón y orujo, de secuoya y matorral. Anhelaba las suaves noches de verano junto al Mediterráneo con la misma fuerza con la que ansiaba contemplar la niebla entre los montes verdes que algún día fueron celtas.

Durante muchos años me angustió no pertenecer a ningún sitio, sentía que era demasiado sur para el norte y demasiado norte para el sur. Me sentía como una brújula rota, sin sentido.

Con el paso del tiempo, llegué a aceptarlo como una pieza más de mi idiosincrasia, si acaso una de las más importantes. Y, aunque siempre fue más fácil encajar en el sur, me empeñé en soñar con el norte.

El tiempo dirá si me equivoqué.

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2 comentarios sobre “Norte y sur

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