Soledad

Museo Thyssen- Bornemisza

Hotel Room – Edward Hopper

Los comienzos ya marcan un final. Repentino, tardío, quizá inesperado.

Yo no sabía nada de arte. Nada. Pero sabía que la chica del cuadro se sentía sola. Tenía la espalda curvada y los hombros caídos. Miraba un pedazo de papel amarillento que, al principio, creí que era un libro.

El desorden, aunque moderado, de la habitación revelaba que acababa de deshacer la maleta. Quizá acababa de llegar a la habitación.

Como leyendo mis pensamientos, Sarah intervino:

—Quizá se dispone a marcharse.

Hopper nos permitía imaginar las razones de aquella chica para permanecer sentada en la cama con la mirada fija en la nota. Por mucho que me acerqué al cuadro, no parecía haber nada escrito en el pedazo de papel.

—Estaba esperando a alguien, pero no se ha presentado.

Yo, en cambio, me decantaba por otra opción: se disponía a escribir una carta. Casi podía ver cómo las palabras la atormentaban desde lo más profundo de su mente joven. Si unos cirujanos le abrieran el pecho, no encontrarían más que interrogaciones arrugadas.

Me identificaba con ella hasta el punto de que me entraron ganas de descolgar el enorme marco y salir corriendo con él. Sinceramente, me moría de ganas de hacer alguna estupidez, pero aquello habría sido demasiado.

Habría dado cualquier cosa por convertirme en óleo y traspasar el lienzo para abrazar a la chica triste. La habría besado en la mejilla y le habría sonreído con la misma tristeza que reflejaban sus ojos distantes. Habríamos dejado de estar solas.

Cuando volvíamos a casa, pensé en las palabras que podría haber escrito y que se habían resbalado hasta el infinito. Recordé la ilusión con la que esperaba la llegada del verano y los cristales rotos que había bajo mis pies, esos que debía evitar constantemente y que, a veces, me cortaban con suavidad. Pensé en el chico que conocía el lenguaje de los números y en la chica de la bola de cristal.

Desde su sala, ya vacía, la joven había dejado de mirar la nota en blanco. En su quietud suspiraba y pensaba cuánto podían cambiar las cosas. No podía planear nada, por mucho que la incertidumbre la oprimiera con fuerza hasta humedecerle los ojos. No podía. Solo le quedaba esperar, adaptarse y aferrarse con fuerza a los cambios positivos que pudieran desencadenarse en una fresca noche de verano, bajo las estrellas.

Ayer, @culturainquieta publicó algunas obras de Hopper y no pude evitar acordarme del verano de 2012, cuando visité una exposición de obras suyas en Madrid. Me acordé de un texto que escribí entonces y decidí recuperarlo. Es increíble como algunos párrafos podría haberlos escrito hoy mismo.

@mariaastern

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