La ciudad y el cielo

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Hoy parecen sueños de una vida pasada las noches en las Madrid se transformó en magia. Fue cuando me cogías la mano y yo me prendía en llamas, cuando me besabas en los bares llenos de gente como si no quisieras hacer otra cosa en la vida. Se me mezclan esas noches y no sé si los recuerdos se corresponden con la noche de julio, las de marzo o las de noviembre, pero, en todas, la ciudad brillaba de otro color.

Hace poco volví a Madrid y me sorprendí pensando que el cielo no es tan distinto al nuestro. Sin darme cuenta, acabé volviendo a los mismos lugares en los que empecé a enamorarme de ti. Sentí de nuevo las marcas candentes de tus manos en mis muslos. Los paseos como levitando, lo borrosa que era la ciudad a nuestro alrededor.

Volví en taxi a casa y me fascinaron, como ya entonces, las fachadas iluminadas por las farolas, las calles desiertas. Había olvidado lo maravilloso que es volar en la noche con las mejillas sonrosadas y los ojos entrecerrados. La mano se me escapó al asiento de al lado, pero estaba vacío. En el asiento de atrás, eché de menos tu mano entre mis piernas.

Fue entonces cuando pensé, por primera vez, que mi cuerpo ya no es el mismo, pero tus manos siguen siendo las de antes. Te lo dije cuando volví de Madrid, pero no estabas de acuerdo. Tus manos han crecido con mi cuerpo. Es cierto que nuestros cuerpos no son los mismos que los de hace seis años, pero prefiero los de ahora.  La urgencia ya no quema igual, pero tus manos me conocen mucho mejor que entonces.

Cuántas noches me dormí abrazando las ganas de compartir mis días contigo…  Ahora hay días en los que la rutina me aburre, me da miedo el futuro y se me olvida la suerte que tengo de verte a mi lado cada mañana. Menos mal que tú me recuerdas que el tiempo no ha hecho más que mejorarnos. Cuando te abrazo tan fuerte que en mi pecho laten dos corazones me siento parte de algo tan grande que se me inundan los ojos, pero, tras un instante… vuelvo a ser humana y finita.

Sigue descubriéndome, sigue conociéndome, sigue recordándome a qué sabe el éxtasis, a qué sabe la vida. Sigue.

 

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