Historias

El hombre bajó al niño de sus brazos y lo dejó dentro del vagón, justo antes de que las puertas se cerraran frente a su carita sonriente.

—¡Papá!

Su sonrisa se quedó en el andén, junto al hombre que decía adiós con la mano. Una chica joven cogió al niño de la mano y empezó a distraerlo con preguntas mientras lo acomodaba en un asiento, junto a otro chico joven que parecía ser su pareja, pero que bien podría haber sido su hermano gemelo, tanto se parecían.

Las piernas del niño colgaban al borde del asiento, se balanceaban con el traqueteo del metro.

El pequeño se sorbió los mocos y se limpió las lágrimas con el dorso de la mano. Su carita redonda volvía a sonreír.

—Mi mamá está en Chile.

No puedo evitar sentirme atraída por las conversaciones en español, se me va toda la atención a esos desconocidos que hablan mi lengua y quiero saberlo todo de ellos, conocer sus historias.

El niño contó que había pasado una semana con su padre. Una cosa estaba clara: no se veían a menudo. Pero ¿quién era la joven? ¿Su hermana? ¿Su niñera? ¿Vivía el niño en Chile o en Alemania? ¿Había venido a ver a su padre, o su padre había venido a visitarlo a él?

El pequeño sonreía, satisfecho, y respondía a todas las preguntas con soltura. Parecía como si hubiera crecido varios años de repente. No era el mismo niño que miraba a su padre al otro lado del cristal, paralizado y triste.

El primer violín de la Orquesta Sinfónica Nacional Juvenil chilena tenía un pelo especial: rizado y saltarín. Me hizo mucha gracia ver cómo botaba al ritmo de la música y fue gracias a ese pelo inconfundible que lo reconocí en el Monumento al Holocausto.

Me dieron ganas de decirle que lo había reconocido, pero no me atreví. No estaba segura de que fuera él.  ¿No estaban de gira? No habría mucho que hacer en Alicante. Quizá habían decidido volver para echar otro vistazo a esta ciudad histórica que no hace tanto que despertó de su letargo.

Los bloques han empezado a resquebrajarse. Al fin y al cabo, los recuerdos también se quiebran. ¿Cuántos años sobrevivirá al paso del tiempo? ¿Qué pensaría un alienígena si viera el Monumento desde arriba?

En el concierto había otra violinista que me llamó la atención. Su cara era la única que no estaba borrosa. Sonreía constantemente y levantaba las cejas en los momentos clave, como diciendo “aquí viene”. Tenía el pelo oscuro y los labios pintados de rojo. Solo con verla tocar sabías que era una chica dulce y alegre. ¿Cómo se llamará?

Tengo muchas preguntas. Me pregunto qué leen en mí las personas que me acompañan en el metro por la mañana. Mientras recuerdo a todas esas personas, intento sonreír, porque la risa es contagiosa, o eso dicen, y yo lo que no quiero es que las caras largas de la gente del vagón se me acaben contagiando a mí.

Sonreír en el metro por la mañana es de bichos raros. Los demás se giran y te observan. Quizá oiga voces, quizá venga de echar un polvo, quizá le falte alguna neurona, quizá siga colocada de anoche.

Sonreír entre tanto ceño fruncido parece un desafío y no siempre me atrevo a enfrentarme a él.

Hoy sonrío porque pienso en el niño y en la joven, que le pasaba los dedos por el pelo con cariño; en los rizos saltarines, en la sonrisa roja, en el alienígena. Sonrío porque creo que va a ser un gran día.

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