Extrañas

2010-07-06 16-40-05

Esta mañana estaba sonando Sin ti no soy nada, de Amaral, y me he acordado de aquella tarde de karaoke en tu casa. No tendríamos más de 12 años, pero yo cantaba con los ojos cerrados y con el corazón en un puño, como si ya me lo hubieran arrancado.

Me he acordado de cuando íbamos de la mano por los pasillos de un instituto que ya no existe, como muchas otras cosas que se desplomaron y de las que no queda más que polvo repartido por la ciudad.

De lo que más me acuerdo es de esa sonrisa que te ocupaba toda la cara, la que delineabas con el baile lento de tu mano al colocarte el pelo detrás de una oreja y detrás de la otra.

Recuerdo que, una vez, en mitad de la clase, pasaste por mi lado y me acariciaste la cara con un cariño infinito, casi maternal, que me sobrecogió. Ese día empezamos a ser amigas y todavía me parece una de las cosas más dulces que conservo. Con ese gesto parecías decirme que irías conmigo hasta el fin del mundo, que siempre podría refugiarme en tus abrazos, en tu pelo fino y suave, en tu anillo de espiral.

Pocas de las amistades que tuve en todos aquellos años me siguen pareciendo reales a día de hoy. No sé si será esta canción o el hecho de que me he comprado unas zapatillas blancas nuevas y me he teletransportado a la adolescencia, pero estoy en el hotel aguantándome las lágrimas, dando los buenos días en tres idiomas, pero siempre con un nudo en la garganta, aunque probablemente lo achaquen a que es domingo y no son ni las ocho de la mañana.

También recuerdo el cataclismo que nos mutiló y nos dejó sin canciones. Recuerdo perfectamente el día que te vi, por primera vez, como una rival. Todavía no había cumplido 15 años.

Se nos sembró la semilla del odio casi sin darnos cuenta y aquellos ojos de hielo, que a veces se hacían agua, la regaron sin descanso. De aquella planta carnívora brotaron flores negras de veneno, miedo y decepción. Hubo señales, por supuesto, pero por aquel entonces yo me creía en batalla constante con el mundo y mi amor por ti se convirtió en celos y en rabia, porque el otro amor, el mío por él, no dejaba espacio para los demás, era impío y orgulloso.

Recuerdo la primera vez que me provocó en público, su cuerpo reclinándose sobre el tuyo, mientras me miraba con delicia y tú no sabías cómo reaccionar, una mezcla entre confusión y miedo en tus ojos castaños.

Luego vinieron los silencios, el portazo al entrar en clase. Me cerraste la puerta en la cara y entré al aula tan furiosa, que la profesora ignoró la interrupción, sin atreverse a dirigirnos la palabra.

Con paciencia fuiste arrancando las espinas que yo te iba clavando inconscientemente. Me cerraste la puerta en la cara, pero yo te la cerré tantas veces que acabé cortando el hilo fuerte que nos unía. Te decepcioné tanto, que se te cerró la sonrisa y te quedaste muda casi dos años.

Yo no solamente me quedé sola, sino que también me quedé con las ganas de decirte que me gustaba tu vestido vaquero el primer día del último curso, me quedé con las ganas de comentar contigo la desesperación de Florentino Ariza y el luto de Bernarda Alba.

Mucho tiempo después, me sorprendí al encontrarme en la puerta de tu casa, sin saber si me invitarías a entrar. Me sentía como una intrusa en tu salón. No sabría describir la sensación que me invadió cuando me di cuenta de que tu vida había continuado sin mí, cuando me contaste que llevabas más de un año con un novio al que nunca conocí y no pude evitar imaginarme todo lo que me había perdido.

Yo me deshice de aquellos ojos inquisitorios que me culpaban de todo, a todas horas, y tú y yo pudimos perdonar todos los errores pasados. Volví a escuchar tu risa y tu voz.

 

Sin embargo, aunque estudiamos en la misma ciudad, no nos vimos más que unas cuantas veces. No por falta de ganas, sino por la costumbre de estar separadas. De repente, éramos dos extrañas que se conocían.

Ya no nos cogemos de la mano, me hablas de personas a las que no conozco y pertenecemos a mundos distintos. A veces me puede la impotencia de saber que nuestra amistad nunca será la misma y que el tiempo nos arrastra hacia delante, por mucho que volvamos la cabeza hacia atrás. Hay tantas cosas de ti que no sé, siento que no tenemos tiempo de recuperar los años de silencio.

Esta mañana te echo de menos y quiero esconderme en un abrazo infinito que compense toda la soledad que me gotea el corazón.

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