Solo los claveles blancos

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Imagen disponible aquí.

“Coge solo los claveles blancos”.

Como cada año, mi abuela y yo llevábamos flores al cementerio del pueblo el día de Nochebuena. El paseo era breve, cómodo, amenizado por las historias que ella me contaba sobre los vecinos y las casas que veíamos al pasar.

Mi abuela conocía a todos y cada uno de los habitantes del pueblo, incluso a las nuevas familias que habían ocupado las urbanizaciones más recientes y que no consiguieron escaparse a su mirada inquisitoria, pero ella prefería hablar de las más arraigadas, aquellas que llevaban tanto tiempo allí que cualquiera de sus miembros podría haber sido el fundador.

A mí me encantaba escucharla hablar de los motes de los pueblerinos, de los secretos y entresijos familiares, sobre todo si conocía a algún descendiente, pero siempre acababa preguntándole por nuestra propia familia.

Su padre había trabajado como jardinero en la enorme casa que años después se encargó de comprar, casa que seguía en pie, aunque no sin esfuerzo, y por cuyas habitaciones sigo sintiendo un cariño genético aún hoy, aunque ya no nos pertenezca.

Jesús Soto había sido marinero en un gran navío. Al parecer siempre estuvo enamorado del mar y empezó siendo camarero en el barco donde recibió la noticia del nacimiento de mi abuela.

Ella me contaba que de pequeña lo veían muy poco, porque siempre estaba viajando. Solía enseñarme las telas blancas que él les traía de América y se reía al decirme que había sido la primera mujer del pueblo en llevar pantalones vaqueros.

Nunca llegué a conocerlo, pero tenía fama de hombretón serio y beato, algo que comprobé yo misma al descubrir la cantidad de figuras religiosas que dejó tras de sí. Aquel hombre alto y delgado que aparecía siempre en las fotos con la mirada clavada en el objetivo había tenido que refugiarse en Francia cuando estalló la Guerra Civil española y aquel barco, que simbolizaba su sueño hecho realidad, se hundió el mismo día que supo que iba a ser padre por cuarta vez.

En el cementerio siempre hacía sol, un sol que no parecía encajar con el ambiente húmedo ni con los muros de piedra y que se encargaba de recordarte que aún seguías vivo.

Mi abuelo sólo recibía claveles blancos.

Tras la muerte del bisabuelo, mi abuela y su madre llevaban flores a la tumba del marinero. Pero la última Nochebuena antes de que doña Filomena muriera sentada en su mecedora de mimbre sucedió algo. Mientras su madre iba a por más agua fresca para las flores, mi abuela paseaba la mirada por las lápidas oscuras. De repente escuchó un golpe seco. Su madre se había caído al suelo, salpicando con la sangre de sus manos la piedra tras la que dormía el marinero que quizá algún día la quiso y que más tarde conoceríamos nosotros como el fantasma de un pirata. Filomena solía llevarle rosas blancas y amarillas, sus flores favoritas, pero esa vez quedaron teñidas de rojo, como una bandera ensangrentada, por los recuerdos que escaparon entre sus dedos cansados de trabajar para otros.

La mujer que yacía a la derecha de mi abuelo había sido escritora y sin duda habría tenido mucho éxito si no se hubiera descubierto su aventura con Carmelo, el joven sacristán. El nicho de la izquierda estaba reservado para mi abuela.

“Míralo, me está esperando”.

Todos los nombres querían ser leídos. El mármol vibraba a cada paso. Olía a silencio y a agua limpia. Me inquietaba el pequeño osario que se ocultaba en una de las esquinas; me parecía que la palabra “quebrantados” destacaba entre el resto y sonaba amenazadora en mi cabeza. Quebrantados, huesos quebrantados. Era triste yacer en un cubículo estrecho y oscuro, pero acabar carente de todo resto de vida junto a huesos tan anónimos y rotos como los tuyos me parecía un destino horrible.

Era curioso lo que sucedía en el cementerio. Yo creía firmemente que cuando alguien moría, su vida se extinguía como la llama de una vela. No creía en el alma ni en el cielo, al contrario que la gente que enterraba allí a su familia. Podía imaginarlos depositando toda su esperanza en reencontrarse algún día con los cuerpos que decoraban el interior de aquel micromundo de colores apagados y mi desprecio a la Iglesia se acobardaba en aquel lugar, donde no podía más que mostrar un poco de respeto por la memoria de aquellas personas.

Por un momento el tiempo dejó de existir. Fe. Recuerdo. Sangre.

El sonido de un cuerpo al caer me devolvió al camposanto.

Mi abuela yacía en el suelo, bocabajo, murmurando algo. Mientras yo me paseaba frente a la familia Zubizarreta, mi abuela había vuelto junto a mi abuelo para despedirse de él. Los muertos contuvieron el aliento. María Jesús, mi abuela, había regado con su sangre los bonitos claveles blancos, que se tiñeron de rojo al instante. Instintivamente me giré hacia la tumba de mi bisabuela.

Era curioso lo que sucedía en el cementerio. Por muy buena que fuera tu tarifa y por pequeño que fuera aquel recinto, nunca había cobertura y tuve que esperar a salir de allí para poder llamar a mi padre y pedirle que viniera a recogernos en coche.

Incluso entonces, cuando mi mirada alcanzó los ojos celestes y asustados de la mujer que me dio mi nombre, el sol brillaba con fuerza sobre nuestras cabezas.

A partir de ese día, mi abuelo solo recibe claveles rojos.

Yo era todavía muy joven para comprender que el tiempo gira, como el mundo, y que muchas historias están condenadas a repetirse.

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¿Acaso hay alas suficientes para que puedan ser ángeles todos los que lo merecen?

 

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