Sky full of song

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                            Imagen de Angela_Yuriko_Smith, disponible aquí.

He subido a la azotea a tender la ropa con mi madre. Desde que ya no vivo aquí, hacer este tipo de tareas juntas es un ritual sencillo que nos acerca a una velocidad vertiginosa, como si nunca me hubiera ido.

La ciudad, a mi alrededor, una pintura colgada en la pared, un decorado carente de gusto que despierta poco más que indiferencia. Siento que podría aplastarlo todo a mi alrededor con mi cuerpo de gigante.

Han pasado siglos desde que este fuera mi escondite, mi lugar secreto. Mío, porque hoy solo importo yo.

Cierro los ojos. Casi sin darme cuenta, conjuro a la niña (porque no era más que eso) que se desvaneció hace años sobre las terrazas recién pintadas de rojo.

Recuerdo el mordisco de las piedras diminutas en su carne y en sus huesos, pero no me imagino cómo sería sentir la textura rugosa del aislante térmico.

La veo agarrada a la barandilla fría y desconchada, queriendo gritar a los cuatro vientos, con lágrimas de felicidad resbalando sobre su sonrisa. Unos brazos la rodean, la envuelven, pero su recuerdo solo me ahoga. Demasiados sentimientos, demasiado fuertes, para un cuerpo tan pequeño. Presagio de la catástrofe. La veo aquella noche de verano, fascinada por el baile frenético y agresivo de los rayos morados que lamían el castillo, queriendo bailar con ellos, pero sin poder mover ni un dedo. El aire seco entre la luz y la oscuridad. Supongo que recuerdo con claridad aquella tormenta porque una muy parecida se alojó en mi corazón durante años.

Recuerdo su cuerpo diminuto, la luz de las velas, el dolor extraño y profundo que parecía abrirse camino hasta el centro de su alma. Carne que desgarra otra carne. Bocas que no saben hablar, solo quieren besar, labios hinchados y lágrimas en las mejillas, efímeras, como el placer. Luego diría que la emoción le había inundado los ojos, pero era algo más, una mezcla de decepción, alivio y pena; todavía no se había acostumbrado a esa sensación de vacío y soledad infinita que comenzaba a enfriar su cuerpo después.

El amor era todavía un enigma, una canción, unos ojos y solo unos, el amor no estaba prohibido, pero tenía una cara oculta e, incluso hoy, tantos años después, me resisto a desenterrar toda la intimidad de aquellos sentimientos, tan radicales y puros, tan afilados.

Recuerdo el viento cálido sobre su piel desnuda, su cuerpo famélico de jinete cabalgando con rabia, embistiendo con toda la fuerza de sus huesos, clavando las uñas en su espalda, como intentado adentrarse en las profundidades del otro ser y hacer de la unión un trasvase igualitario, intentando traducir las palabras que latían en sus venas, desesperada por descubrirse a sí misma en lo ajeno, como si ella no fuera la única fuente de su esencia, como si él fuera el único custodio de su identidad.

Al final, se le clavó el amor en el núcleo, todo lava, le reventó las entrañas y la dejó a los pies de una ciudad sacudida por dos terremotos, rodeada de escombros, lágrimas y helicópteros en la noche.

El amor sabe hoy distinto. No se clava, pero arde. Siento las oleadas de ese fuego interno que antes llamaba alma, siento como me envuelven el corazón y me dejan sin aliento. Quema sin dolor y llena.

Llevo años sin sentir ese vacío en los túneles de mi cuerpo, pero, a veces, me libero, vuelvo a ser un animal y araño, muerdo y embisto, vuelvo a sentir esa rabia intrínseca que nos late en la sangre y que nos nubla la mente durante unos segundos. Esa sed de escapar de la carne y volar, de expandirse como fuegos artificiales infinitos en el cielo oscuro, esa sed de romper los límites de nuestro cerebro y ser capaces de verlo todo.
Morir envuelta en llamas y renacer con toda la sabiduría del universo.

Licencia de Creative Commons

El título de la entrada hace referencia a la canción homónima de Florence + The Machine.

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