El monstruo cena en casa

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Imagen disponible aquí.

Cuando estuvimos en la isla, la gaviota me avisó de que algo malo iba a ocurrir.
La madrugada de tu partida soñé con una voz de ultratumba que gritaba ¡Socorro! en la playa. Aquellos que escuchaban la llamada de auxilio acudían a la orilla, buscando a quien estuviera en apuros, sin saber que eran ellos los que no volverían para contarlo.

Cuando se acercaban al vaivén de las olas, no encontraban más que una gaviota picoteando cadáveres junto a la orilla.

Cuando sonó la alarma a las tres de la mañana, seguí oyendo ese grito. Oía perfectamente las tres sílabas So-coo-rro, pero tú solo oías graznidos.
Me vestí y te acompañé al aeropuerto, apoderada de un presagio oscuro y sin abandonar del todo ese umbral entre la vigilia y el sueño.

Cuando estuvimos en la isla, perdí la voz. Quizá la devoró la gaviota.

Me manoseaba la espalda. Yo no podía abrir los ojos, porque estaba demasiado cerca de mí y no quería asomarme a sus ojos. No podía hablar, solo temblaba. Temblé cuando sus manos me bajaron los tirantes deshilachados. Temblé cuando mis manos me desabrocharon el sujetador, porque no eran mías. Ya no.

Me sentía indefensa en aquel universo que había interrumpido mi existencia de golpe. El cuerpo no me respondía, seguía las órdenes en silencio, intentaba no respirar y, cuando no podía más, respiraba sin hacer ruido. No quería respirar, no quería ser viviente en aquella habitación de dos camas, camas de niños, camas con padre.

Él decía que era un masaje. Yo me decía que aquello no podía estar pasando. La voz que me faltaba en la boca me humillaba en la mente y, en lugar de ayudarme, me envenenaba.

Recuerdo que él sí respiraba, tan fuerte que su presencia ocupaba toda la habitación. Me aplastaba. Sus manos eran mazos que me golpeaban la carne y me la dejaban temblorosa y abierta. Olía a vino y a marisco. Su cara estaba más roja y sus ojos, más verdes.

Yo no entendía nada, mi cerebro parecía haberse quedado totalmente a oscuras y en mi cuerpo solo latían el corazón y el miedo, un miedo básico e instintivo que me heló la sangre y me dejó los brazos colgando, inertes, como los de una muñeca. Habría dado cualquier cosa por transformarme en objeto; ser humana dolía y daba asco. Por un momento, habría deseado ser uno de los cadáveres que la gaviota mancillaba en la playa.

Sus tentáculos se recreaban en mi espalda, en mis hombros y en mis brazos, mientras que el sudor me helaba la nuca y los dientes me dolían de rechinarlos en silencio. Me sentía sucia, me asfixiaba. No se acababa nunca.

No está pasando. Conozco a tus hijos. Y a tu mujer. No está pasando. Te lo estás inventando. Es un masaje. Estás loca. ¿Quién va a creerte?

Encogida, pero tiesa, como una estatua de mármol frío y pálido, esperé a que sus manos siguieran bajando, pero no lo hicieron. Cuando la puerta se cerró detrás de él, eché el pestillo y me tapé entera, porque ni el calor estival podría atravesar las marcas que sus ventosas apestosas me habían arañado en la piel. Tiritaba, y mi cuerpo entero no se acostumbraba a volver a ser mío.

Escribí a mis amigas, pero me arrepentí al instante. No es nada, había una araña en la habitación. Ojalá la habitación hubiera estado llena de ellas. Conté las horas que me quedaban para marcharme de allí. Me avergonzaba profundamente de no haber sabido defenderme, de no haber dicho no con palabras, aunque todo mi cuerpo hubiera mandado señales de incomodidad y miedo. Hasta entonces nunca me había planteado que aquello no fuera suficiente. Inocente criatura.

Me odiaba por no haber salido corriendo. No entendía quién o qué había hechizado mi cuerpo y me había susurrado que acabaría antes si no abría los ojos, que, si no lo admitía, no sería real.

Socorro. No había nadie más en la casa. Socorro. Quería llamarte, pero sabía que no podrías oírme. Me robaron la voz y tardé meses en recuperarla. Socorro. Te odié por haberte ido antes de tiempo, por haberme dejado sola con un monstruo.

 

El título hace referencia a la canción Hoy la bestia cena en casa, de Zahara.

Los verdaderos monstruos atacan también de día, son como nosotros, su apariencia no los delata. Llevan fotos de su mujer e hijos en la cartera.

#metoo

 

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